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viernes, 21 de enero de 2011

El buen alumno

De un tiempo a esta parte vengo observando las diferentes actitudes de los alumnos con sus respectivos maestros, el tipo de relación que les une y los vínculos que crean entre ellos. No sólo en el campo marcial, sino también en el resto de aspectos de la vida, del arte, de la filosofía... Cada alumno enfoca la relación con su maestro de una manera diferente, aunque hay ciertos patrones que se repiten de manera sistemática y, por supuesto, cada individuo cree que el patrón de actuación que sigue, él mismo con su maestro, es el correcto para avanzar en su aprendizaje y poder considerarse un buen alumno del que su instructor pueda estar orgulloso. Ello me lleva a preguntarme... ¿qué es un buen alumno? ¿por qué? y, sobre todo, ¿para qué?

Todos partimos del desconocimiento, iniciamos nuestro movimiento desde la inmovilidad. Todos tenemos nuestros caminos, en ocasiones sencillos, en ocasiones tortuosos, y todos diferentes; en ocasiones nos encontramos perdidos y en ocasiones encontramos un guía... ¡qué maravillosa se vuelve entonces la travesía! Caminamos detrás de él, nos va relatando historias, nos revela los pequeños detalles del camino en los que no habíamos reparado, vamos viendo el mundo con nuevos ojos y nos hace replantearnos si no deberíamos volver a andar lo andado. En algún punto del camino tendemos la mano a nuestro guía, le confiamos nuestro andar y dejamos que conduzca nuestros pasos,  en algún punto del camino el guía se vuelve maestro.
Un maestro y su discípulo caminan.
El discípulo pregunta: “¿Adónde vamos, maestro?”
El maestro responde: “Ya estamos”.

El guía enseña, pero es el maestro el que educa, es un faro que ilumina los detalles del camino y también nos enseña a caminar, la luz es tal que en ocasiones ciega y ahí es donde entra su gran labor educadora, enseñándonos a dosificar la luz y a ver en la oscuridad... pero no hay que olvidar que esa luz que tanto deslumbra es la misma que arroja sombras a su alrededor.

A través de la educación el caminante adquiere una deuda con su maestro, una deuda de confianza y de admiración. El caminante sigue sus pasos, copia sus gestos, adopta sus costumbres, quiere ser como él... y el caminante se vuelve alumno.


Un buen alumno es el fracaso de un maestro

Un buen alumno es el fracaso de su maestro, porque un maestro no debe formar alumnos, sino personas o, mejor aún, otros maestros. ¿Qué habría sido de Aristóteles si hubiese sido un fiel defensor de las teorías de su maestro Platón? Habría sido una sombra de éste, incapaz de salir de su sendero, un pequeño Platón que quedaría tras de él como una estela, un libro escrito por otro, continente de palabras y sentencias muertas.

Podrá pensar el lector que, por contra, el mismo Platón era un buen alumno de su maestro Sócrates, pero nada más lejos de la realidad, no hay que confundir el respeto con la superación del maestro: Platón fué un buen alumno de Sócrates, pero supo ir más allá del camino que le dibujó su maestro, empezando por escribir sus pensamientos, cosa que Sócrates nunca hizo por ser contraria a su forma de entender la filosofía. Sin embargo Platón hizo uso de una metodología que no aprobaba su maestro, construyéndose a sí mismo (e incluso construyendo una imagen de su maestro, ya que, a falta de escritos de Sócrates, los de Platón son una de las pocas fuentes que quedaron para reflejar también su pensamiento) y se ganó el puesto de uno de los más grandes en el campo de la filosofía.

¡Qué maravillosa descendencia dejó Sócrates! Su discípulo Platón supo teorizar más allá de sus mordaces preguntas; y Aristóteles, el alumno del alumno, supo romper con la tradición para crear nuevos caminos y otra forma de entender la realidad. ¿Puede un maestro aspirar a más?

¡Ahora yo me voy solo, discípulos míos! ¡También vosotros os vais ahora solos! Así lo quiero yo.
En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aún mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado.
El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene también que poder odiar a sus amigos.
Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?
Vosotros me veneráis: pero ¿qué ocurrirá si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una estatua!
¿Decís que creéis en Zaratustra? ¡Mas qué importa Zaratustra! Vosotros sois mis creyentes, ¡mas qué importan todos los creyentes!
No os habíais buscado aún a vosotros: entonces me encontrasteis. Así hacen todos los creyentes: por eso vale tan poco toda fe.
Ahora os ordeno que me perdáis a mí y que os encontréis a vosotros; y sólo cuando todos hayáis renegado de mí volveré entre vosotros.
En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré entonces.

Así habló Zaratustra

Así es, Zaratustra no quiere discípulos que le sigan, quiere amigos que caminen a su lado. Es inevitable seguir a alguien alguna vez en nuestra vida, pero este seguimiento debe ser entendido como un periodo de instrucción, una preparación para caminar solos. Hay que "matar al padre", mientras tanto seguiremos siendo niños de la mano de un adulto. Cuando la idolatría impregna nuestro criterio nos convierte en una mala copia del original, unos seguidores que adolecen de falta de objetivos, una sombra de los pies que perseguimos, una firma robada,... un artista vuelto artesano.

Casi todo el mundo estará de acuerdo con todo lo hasta ahora expuesto, entonces... ¿dónde está el problema? en que nadie se encuentra capaz de dar ese paso. Mucha gente tiene ese maestro que le guía y le enseña, y al que no puede llevar la contraria porque la deuda que mantien con él se lo impide, pero hay que "independizarse", y eso no significa perder el respeto, pero permite, por contra, tener una visión diferente del mundo. Todo el mundo tiene unos padres a los que, la mayoría, respetamos, pero, a pesar de ello, rara vez coincidimos con ellos, porque su realidad no es la nuestra. Así, mientras aún somos niños, les escuchamos con devoción, pero ya de adolescentes empezamos a trazar nuestro camino. Y digo adolescentes, pues suele suceder que al compararnos con nuestro maestro nos veamos siempre como niños, pero ¿hasta cuándo podemos alargar nuestra infancia?¿hasta cuándo debemos alargarla? Porque el tiempo de vida es finito, no estaremos aquí para siempre, y de nosotros depende el que, cuando dejemos este mundo, lo hagamos como un viejo sabio, alumnos de maestros y maestro de alumos, o como niños que pasaron su vida jugando bajo la vigilancia de sus mayores.

Esta bien ser un buen alumno, siempre que se sepa pasar al siguiente estado. Parafraseando y adaptando la frase de Francis Bacon: "Ser un buen alumno es un buen desayuno, pero una mala cena". Poco más cabe añadir, se me ha hecho un poco tarde y ya va siendo hora de mi almuerzo.


Alberto Bravo

miércoles, 5 de mayo de 2010

El aburguesamiento de la artes marciales

Mi admiración por la mayor parte de las películas de Disney siempre ha sido más bien escasa. Nunca me ha gustado ese intento desesperado de llegar a todos los públicos a cualquier costa. No se me malentienda, el logro de sentar a padres e hijos juntos, a veces incluso hasta abuelos, para compartir una actividad me parece reconfortante y loable, pero no justificable a base de pervertir el producto, descafeinándolo y volviéndolo incluso insulso. El lograr un producto apto para todas las edades debe ser un resultado derivado del buen hacer, no debería buscarse esta derivación como un fin, dando la impresión de que lo que se pretende es llegar a un público más amplio porque eso supone una taquilla más amplia. De tal interesada acción nacen difamaciones de obras como El jorobado de Notre Dame o de historias como la de Pocahontas que pervierten completamente el contenido original.

¿Qué precio hay que pagar por disfrutar de un público más amplio para las artes marciales? No finjamos que no es así, las artes marciales se van degenerando poco a poco para poder llegar a un público más amplio. A veces sólo descondimentandolas, preservando la esencia, pero otras veces se fuerza tanto el límite que se acaba perdiendo incluso lo esencial. Muchas artes marciales se han aplanado de tal manera que nada les queda de marcial excepto su pasado.

Cada vez estamos menos motivados por el sacrificio, cada vez exigimos más por menos. No sé cuándo se empezó a torcer el camino, quizá fue cuando Jigoro Kano intentó abrir el jujutsu al resto de clases sociales, quizá empezó mucho antes, sólo hace falta leer las críticas que repartía Miyamoto Mushashi entre sus contemporáneos. El caso es que hoy en día nos encontramos muchas artes marciales aptas para todos los públicos... pero lo digo de forma despectiva. Si bien es cierto que la defensa personal debe ser posible entrenarla siendo hombre o mujer, joven o anciano, también es cierto que no todos deberían entrenarla de la misma manera. Cada edad tiene unas virtudes, cada sexo unos peligros, cada constitución física unas características.

No todo el mundo está dispuesto a dar todo en un entrenamiento, es normal, ahora que, la mayoría de nosotros, vivimos en una sociedad estable y sin grandes conflictos. Pero si se pretende preeservar la palabra marcial en nuestras disciplinas no hay que perder de vista ese objetivo, y entrenarlo objetivamente, y, para ello, hay ciertas costumbres, constantes y métodos que no se deberían perder y, sin embargo, se han trastocado completamente. En su intento por hacercarse al gran público, las artes marciales han perdido gran parte de su esencia.

Condición Física 

Se ha obviado la importancia de la condición física, para que el ciudadano medio se pueda sentir seguro frente a un oponente que le saque 40 kilos.

Toda persona debería ser capaz de defenderse, independientemente de su sexo, edad, peso, etc. Pero, en su afán propagandístico, hoy en día resulta muy habitual escuchar cosas como que tal arte marcial sirve aunque no seas una persona corpulenta, o que con tal técnica podrás someter incluso al más fuerte. Y hasta tal extremo se llevan tales afirmaciones que parece que el alumno pierde el respeto por la fuerza y por el peso. Recuerdo una practicante de krav maga, la fémina (con escaso tiempo de formación) alegremente afirmaba que no tendría ningún problema en someter a un atacante másculino más grande y fuerte que ella. En muchos dojos "tradicionales" se desprecia el trabajo con pesas, a veces incluso todo tipo de trabajo físico extenuante, con explicaciones tan curiosas como que es contraproducente para la velocidad del practicante o que no se necesita un gran físico cuando todo se decide en cuestión de segundos. Siempre me ha parecido graciosa la frase de que es mejor la flexibilidad que la fuerza, pienso, con desespero, que quien asegura esto no sabe de qué habla ni a nivel práctico (nunca ha tenido un enfrentamiento con alguien fuerte) ni a nivel teórico (seamos serios, a la guerra se manda a los jóvenes fuertes, no ha muchachas contorsionistas).

El factor físico cuenta, y cuenta mucho, si bien no es un factor decisivo y se puede suplir la falta de fuerza y  peso con técnica, es un factor a tener en cuenta y, por lo tanto, susceptible de entrenamiento, como cualquier otro, y hay que hacerlo bien.

Plasticidad

Se ha aumentado hasta puntos innecesarios la plasticidad de las técnicas, para que resulten espectaculares y atractivas para el consumidor de películas.

Poco a poco las aa.mm. se han hido nutriendo de barrroquismos en sus movimientos, de espectacularidades de tal envergadura que han creado estilo propio a la hora de moverse. Pero, pensando en la eficacia, sobra todo barroquismo, las técnicas deben ser sencillas y contundentes, tanto pensando en la didáctica como en la aplicación. La plasticidad y el espectáculo no pueden ser objetivos a buscar con estas técnicas, ni siquiera como objetivos secundarios.

Hablo de plasticidad y de barroquismos, y no de la belleza de las técnicas, concepto mucho más subjetivo y, consecuentemente, del que tengo mi propio criterio. Para mi una técnica bonita es la que funciona y lo hace de manera rotunda y sorprendente, por lo tanto lo mismo me da que sea un flying armbar como una torta de gañan con carrerilla: su grado de eficacia es parte esencial de su belleza.

Filosofía y crecimiento personal

Se han nutrido los métodos con conceptos vagos y biensonantes para acercarlo a los que van tras una búsqueda personal, dejando a un lado el aspecto combativo del sistema para darle preferencia a otros objetivos más espiriturales que, muchas veces, se contradicen con la propia esencia marcial.

Esta carga conceptual se ha fundido de tal manera con la aa.mm. que si no hay lugar para tu búsqueda de crecimiento personal en tu práctica marcial parece que sólo haces un deporte de contacto (cabría aquí recordar la diferencia entre "do" y "jutsu" de los sistemas japoneses). Por otra parte, destacar que esa espiritualidad se alcanza también con el senderismo, conducción deportiva o punto de cruz. El hecho de sentirte realizado (o crecimiento espiritual) puede alcanzarse con cualquier actividad sin que sea ese su objetivo (los objetivos serán recorrer rutas, conducir vehículos y crear bonitos tapetes). El arte marcial nada tiene que ver con la filosofía, la espiritualidad o la salud, si bien pueden ser valores añadidos que enriquezcan la práctica, pero nunca debería ser el objetivo principal (y mucho menos único) de un arte marcial.

Sparring

Se ha disminuido el contacto para los más delicados, hasta tal punto que en muchas artes ni siquiera se contempla un trabajo de sparring. Mucha gente nunca ha golpeado de verdad, nunca ha guanteado con alguien que no sea un colaborador pasivo, el cual sólo realiza uno o dos ataques previamente acordados.

Creo que el sparring es una de las áreas más afectadas por este aburguesamiento. Entrenamos como viejos. Sé que suena despectivo, pero no lo es, esta vez no lo pretendo. Nada tiene de vergonzoso entrenar como lo que se es, pero me choca ver a gente de 20 años entrenando como si tuvieran reuma ¿Por qué? Creo que en el mundo de las artes marciales demasiadas veces nos quedamos con la imagen que nos ofrecen los grandes maestros, los cuales llegan a avanzadas edades y, como es normal, no se mueven como cuando tenían 20 años. Nos gusta cómo se mueve un maestro de 70 años y queremos ser como él, y para ello nos movemos como él, olvidando que, cuando tenía nuestra edad, se movía de otra manera. No podemos saltarnos así las etapas, queremos llegar al final del camino sin pasar por los puntos claves. Y esto me lleva al sparring, porque este aburguesamiento ha desplazado este tipo de prácticas alejándolas de las rutinas marciales, simplemente porque no son cómodas. El sparring duele, el sparring cansa y, sobre todo, el sparring destroza mentalmente, porque te deja claro lo que sabes y lo que no, ahí no valen excusas o teorías, ahí todo es práctica.

No, no me vale el decir "es que yo hago un arte marcial, no se puede restringir como si fuera un deporte". No me vale porque yo no hablo de competición, hablo de entrenamiento duro, hablo de sparring, de hacerselo pasar "mal" al compañero, hablo de ser un poco perro, de sudar la camiseta, hablo de práctica frente a teoría, de probar las cosas cuando la gente no se deja, de reducir a tu compañero cuando el también quiere reducirte a ti, hablo de dejar de poner excusas y tener que demostrar las cosas. Al igual que recreamos situaciones en el dojo "pervirtiendo" la respuesta de uke, haciendole colaborador, estableciendo previamente su ataque, etc, de la misma manera hay que "pervertir" la situación con protecciones y reglas, porque un método sin el otro queda cojo, y porque el conjunto de ambos métodos nos acercará un poco más a la realidad, ya que no podemos recrearla se trata de triangularla.

Sin sparring no hay arte marcial (al igual que tampoco hay arte marcial sin técnica). Es duro, pero no veo la forma de que exista sin esta forma de entrenamiento.

El sparring en Bujinkan

Si bien lo que sigue puede seguir entendiéndose de forma genérica, quiero tratarlo a través de un caso en particular, en este punto me gustaría centrarme en el que considero mi arte marcial, tanto por mi trabajo vertido en este sistema como por sentir que es siempre mi punto de partida y de llegada: el Budo Taijutsu.

Estoy cansado de oír a gente de Bujinkan decir que en su entrenamiento no se contempla el combate porque sus maestros no lo hacen. Será que me lo parece a mí, pero creo recordar que Takamatsu perdió gran parte de su capacidad auditiva en un combate.

Estoy cansado de oír a gente de Bujinkan decir que no practican sparring porque sparring y Bujinkan son conceptos contradictorios. He llegado a leer, en una web de un dojo Bujinkan, que no practican sparring y que, es más, consideran inferior a cualquier dojo donde se realicen este tipo de prácticas "deportivas", teniéndolas por clases impartidas por gente de poco nivel. Lo siento, pero este tipo de gente me saca de mis casillas, ¿acaso sus alumnos empiezan ya con un nivel alto? Una vez más me agarro a la propia historia del Budo Taijutsu para recordarles a todos estos "tradicionalistas" que Hatsumi realizaba sesiones de sparring con sus alumnos ¿que superó esa etapa? bien por él, pero para superar una etapa hay que pasar por ella, no pasar de ella, como hacen muchos de estos "budokas".

Porque, seamos sinceros, lo tradicional no es practicar formas al aire, lo tradicional no es ponerse frente a un uke colaborador que se tira al suelo al más leve contacto, ni hacer suposiciones de cómo sería un ataque a velocidad real, ni dar infinidad de pasos alrededor de un compañero estático, ni defenderse de un ataque que no lleva intención, ni guardia, ni técnica. Lo tradicional es el esfuerzo, el tesón, la intensidad, la dedicación plena, el acondicionamiento físico, la preparación mental. Lo tradicional es el sudor y la sangre.

El otro día comentaba con un compañero de entranamiento mi intención de probar con más gente las técnicas que aprendemos, pero con guantes y casco, para defenderse de golpes más reales, a esto me preguntó que a ver si quería sangrar. Quizá esa sea la cuestión, mientras muchos piensan que hacer sparring es recibir un castigo físico, yo veo que el castigo físico (con sangre ocasionalmente) es una consecuencia de un entrenamiento bien hecho, fruto de la experimentación que es el sparring, y sin experimentación sólo queda la teoría. Con esto no pretendo convertir el Budo Taijutsu en un deporte, ya he mencionado que no se trata de competir, si no de incluir las prácticas de sparring como parte habitual y constante de nuestra rutina de entrenamiento.

Sé que mis críticas siempre han sido constantes, pero siempre han sido para construir, no para destruir. Alguna vez me han dicho que si no me gusta que no lo practique, que vaya a practicar vale-tudo, pero es que, precisamente porque me gusta el budo taijutsu, quiero enriquecerlo y completar las lagunas que puedo observar con respecto a otras artes marciales.

Para terminar, una muestra más de que no hablo de cosas ajenas al Budo, una frase de Nagato Sensei: “Ahí fuera hay Shidôshis que jamás han recibido un golpe, y aún así dicen enseñar Budô.”



Alberto Bravo

viernes, 17 de abril de 2009

¿Practicamos un arte marcial?

En primer lugar hay que pensar qué es lo que significa arte marcial, por un lado la palabra arte hace referencia a la manera, al método en sí mismo. Mucha gente al pensar en arte piensa en la manera de crear y expresar de un ser humano, centrándose en el estilismo o volcándose en la filosofía implícita en las formas. Muchos piensan en el Artista, la Creatividad y la Estética.

Pero no hay que olvidar el origen de la palabra, el Diccionario de la Real Academia Española en su primera acepción del vocablo arte reza:

1. amb. Virtud, disposición y habilidad para hacer algo.

y en su tercera acepción nos dice:

3. amb.Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo.

Es decir, no olvidemos que este término, sobre todo con connotaciones antiguas, no tiene por qué implicar una expresión de la visión personal del artista.

Por otro lado tenemos la palabra marcial. Estoy saturado de oír predicar a los más "tradicionales", los más alejados del deporte de contacto, que ellos no hacen un arte marcial, que ellos hacen un arte de guerra, ¿hasta tal punto hemos olvidado su significado? Mi querido amigo el diccionario nos vuelve a echar una mano y en cuanto al término marcial sentencia:

1. adj. Perteneciente o relativo a la guerra, la milicia o los militares.

¿A qué viene esta diferenciación entre arte marcial y arte de guerra? Parte de la culpa la tiene la degeneración que han sufrido muchos estilos hasta dejar ya irreconocible su origen marcial. Y no olvidemos que hay muchas maneras de entender la guerra, podemos hablar de trabajar en equipo o individualmente, podemos hablar de armas y de mano vacía, podemos hablar de matar o infiltrarse, de acuchillar o envenenar, de meteorología, cartografía y de miles de historias más que son pilares fundamentales de la guerra.

Pero centrándose: por ser arte es un método, por ser marcial es relativo a la guerra, todo lo demás es accesorio. La filosofía, el desarrollo personal, la salud, el deporte ... no son más que derivaciones del método original, que, a pequeña escala, pueden incluirse en la práctica marcial, pero si estas derivaciones se tornan protagonistas de la actividad, ciertamente, se habrá perdido el objetivo primigenio y ya no estaremos hablando de un arte marcial, sino de una derivación suya.

¿A dónde quiero ir a parar? A que hablamos de métodos de entrenamiento para la guerra, hablamos de que no hay reglas, de que son artes pensadas para matar, hablamos de morir si es necesario con tal de cumplir la misión. Evidentemente los tiempos han cambiado, y la sociedad establecida y acomodada en la que vivimos la mayoría de nosotros no requiere tales sacrificios, afortunadamente, así que la artes marciales han ido evolucionando buscando diferentes objetivos.

El arte marcial que ha buscado la supervivencia en vez del aniquilamiento del enemigo se ha transformado en defensa personal.

El arte marcial que ha buscado la competición reglada se ha transformado en deporte de contacto.

El arte marcial que ha puesto la salud por encima del combate se ha transformado en gimnasia.

El arte marcial que se ha encerrado en las formas, en los rituales y en los bailes, olvidando el contacto con el contrario, se ha transformado en folklore.

Ahora las preguntas nos la tenemos que hacer nosotros mismos: ¿Entreno un arte marcial?¿un deporte de contacto?¿hago gimnasia?¿defensa personal?¿es más importante la técnica que el resultado?¿contemplo todas las posibilidades de un enfrentamiento o sólo las que se amoldan a mi estilo?¿sirve para defenderse?¿sirve para atacar?¿sólo es diversión?¿estética?

Que nadie piense que hay una respuesta válida y que las demás son incorrectas, pues lo que deben cumplir las respuestas es estar en concordancia con las dos preguntas básicas:

Qué quiero conseguir y qué estoy dispuesto a sacrificar por ello.

Alberto Bravo

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Grado y Nivel

De un tiempo a esta parte vengo observando en el devenir habitual de las clases marciales, sean del tipo que sean, un desconcierto y confusión total acerca de los grados ostentados. Todo hombre decente evita, por decoro y buen hacer, que, al ser presentado a una fémina, su mirada de varón se pierda en los pechos de la nueva conocida ¡por muy ambicionada que sea la conquista de tal territorio!

Todo hombre con la cabeza bien puesta, sobre todo en los tiempos temerosos que hoy en día vivimos, evita el juzgar las costumbres de una persona por el color que exhibe su piel. Sin embargo estos hombres de bien no dudan en llegar por primera vez a un dojo y juzgar a cada practicante por lo que para muchos, no sólo principiantes, es el único carné válido, la tarjeta de visita de todo artista marcial: el color del cinto. Yo lo entiendo, siempre es más fácil un prejuicio que un postjuicio, y sobre todo es más rápido. Bien es cierto que, como en tantas cosas, hay que tener paciencia y comprensión para con los novicios que arriban al mundo marcial, al fin y al cabo yo también pasé casi todas esas cosas y recibí la ayuda e instrucción necesarias para superar tales incorrecciones, mas no menos cierto es que los curtidos en otras artes guerreras o incluso en la propia disciplina deberían mantener una postura más clarificada acerca de tal prejuiciamiento. Hay a este respecto dos conceptos semejantes pero a la vez muy dispares, hablo de la diferenciación entre grado y nivel.

El grado es esa titulación que tanto dinero cuesta siempre, los más mercantiles por las tasas de examen, los más justos por los abonos mensuales de estudio. El grado es ese diploma que el licenciado cuelga orgulloso en el salón de su casa tras años de esfuerzo mental, físico y económico. No es para menos, ¿qué santo no se vería tentado por la opulencia de vestir su hogar con sus milagros? ¿qué noble caballero no quiere otear sus títulos nobiliarios desde la alta torre de su castillo? Podría hablar de los tiempos que corren para justificar esta contagiosa "titulitis", de la competencia feroz que hoy en día nos hace luchar por ser mejores que el vecino, de la especialización deshumanizada de la industrialización moderna... pero no nos engañemos, esta voracidad de titulación no es más que el traje con que se atavia de cuando en vez nuestra ansia de reconocimiento social, y no es algo malo, siempre que no se torne enfermizo ni se priorice frente a otras necesidades.


El nivel es nuestro grado interior. El nivel nadie nos lo otorga, el nivel no se puede colgar en una pared, no tiene forma, no es un contenido. El nivel es un continente y el grado es la etiquetación que le hemos puesto para que quien no conoce el recipiente pueda hacerse a la idea de para qué puede usarse. El nivel es parte de nosotros, no es un papel ni un reconocimiento exterior, es el valor real de lo que se practica, es la búsqueda y el interés, el nivel somos nosotros mismos. Retomando el caso del licenciado y su título, nuestro graduado comparte moneda con otra faz de clase social más baja, aquel obrero que lleva trabajando desde los 14, no conoce otra escuela que la experiencia y desempeña el empeño de hacer las cosas bien, pura virtud que no puede ser descubierta si no es por medio de la experimentación directa.


La mochila se va llenando de grados, y los grados pesan, lo único que nos puede ayudar a sobrellevar ese peso es el nivel, un nivel que, para nuestro bien, siempre tiene que ser superior a los grados que portamos para que podamos andar erguidos, en el momento que no puedes compensar con nivel el peso de tu macuto éste te aplastará, en público o en solitario, una vez ocurrido esto es muy difícil volver a erguirse y continuar al camino.

Alberto Bravo

domingo, 19 de octubre de 2008

道の会話 Michi no kaiwa

Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino

y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas sobre el mar.



Antonio machado


- ¿Recuerdas cuando empezamos el camino? Yo recuerdo que al empezar me sentía en un camino recto, sencillo, puede que largo, eso sí, pero fácil de recorrer pasito a pasito. Todo era tan claro…

- Yo tenía muy claro a dónde ir, cómo ir e incluso una idea aproximada del tiempo que iba a llevarme. 1, 2, 3,… y a correr, a ver quién llega primero. ¡Cómo cambian las cosas!

- Cuando uno empieza todo es nuevo y deslumbrante, todo impresiona, y todo lo queremos. Todo parece muy sencillo.

- Ya, luego ves que hay tantos caminos como personas, que el camino no es una senda marcada, son los pasos los que lo definen, y no hay dos personas que hagan el mismo camino, ni siquiera si van juntas, porque cada una dibujará una trayectoria diferente.

- Y para encontrar tu verdadero camino debes cuestionarte en todo momento si ese camino tan cómodo por el que vas te lleva a algún sitio, puede que no, e igual tengas que ir más allá, incluso caminando por el barro, atravesando un pantano. Para encontrar tu camino hay que ser valiente.

- Aunque cuando tu camino empieza a definirse suele ser cuando te empiezas a despreocupar de él, llega un día en que te das cuenta de que llevas mucho tiempo caminando y no recuerdas a dónde querías ir, un buen día descubres que no caminas para llegar, sino que, simplemente, te gusta pasear, vives el camino porque es lo importante. Al principio, al plantarte en el inicio del camino, solo podíamos ver (más bien intentábamos ver) el final, a dónde llevaba. Pero con el paso del tiempo te fijas en que el camino es mucho más que eso, el camino no es la distancia que separa dos puntos, al menos no es sólo eso, el camino son las flores a los lados de la senda, la firme tierra que sustenta nuestros pasos, la suave hierba que nos acaricia los tobillos, la sombra del árbol que nos cobijará unos metros más adelante, la brisa que nos refrescó unos metros más atrás. Y no solo eso, el camino es también el tronco que nos corta el paso, las piedras que se cuelan en nuestros zapatos, los charcos que están por saltar… En el inicio del camino veíamos una técnica y solo nos quedábamos con su objetivo: “Ésta consiste en tirar al tío retorciéndole la muñeca” qué ingenuos éramos, poco a poco, veíamos en esa misma técnica los movimientos de los pies, la distancia, la actitud, el desequilibrio, el tiempo, la fluidez, las direcciones, la psicología, la estrategia,… cada vez veíamos más detalles en el camino, y cada vez andábamos más despacio, porque cada vez nos fijamos en mas cosas. Muchas veces ves a uno nuevo, ves que se sitúa en el mismo camino y que te pasa a toda velocidad, y cree que te ha adelantado, pero el espacio es sólo una de las dimensiones, ¿realmente ha avanzado más? Cuando llegue a un punto avanzado de ese camino ¿habrá llegado allí realmente? Sí, físicamente estará allí ¿pero sabe cómo llegó allí? ¿sabrá de que color era la luz que le ha alumbrado?¿a qué olía la tierra que ha pisado?¿en qué dirección soplaba el viento que le alimentaba? Todo esto me hace pensar en cuántas cosas me fijo en las que antes no reparaba, y me pregunto cuántas me estaré perdiendo aún, y pienso que debería caminar un poquito más despacio.

- Claro, aunque esto no quiere decir que haya que quedarse indefinidamente mirando la misma piedra, ya que quedaríamos atrapados en algo que no nos conduce a nada. Hay que avanzar conscientes de nuestro alrededor, sin obsesionarse con nada, sin perder la perspectiva. Cuando te das cuenta de que tienes que “exprimir” el camino intentas sacarle significado y enseñanzas a todo, pero esto tiene un límite. Podemos mirar un árbol y, fijándonos más, apreciar la textura de su corteza, y, entrar en su corteza para ver sus células, descomponerlas para extraer una molécula y, de ésta, aislar un solo átomo, del que sacaríamos un protón, del que sacaríamos un quark,… ciertamente, a tales niveles, habremos perdido el camino.

- Ya, seguiremos teniendo experiencias, pero no sobre el camino en si.

- Eso es, hay que sacar información del camino pero haciendo camino. Hay que sudar el camino.



Alberto Bravo
Isabel Vázquez